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Personas hay que consideran hasta las mas tibias reformas al proceso educativo como descubrimientos de esta década e incluso como productos de las modernas ideologías sociopolíticas.
Es lastimoso confundir así las raíces de un movimiento de tamañas significación y trascendencia.
En verdad fueron los griegos quienes iniciaron la búsqueda de la verdad acendrando su fe en los valores eminentes del intelecto humano; y fue tal vez Sócrates el primero que tomó conciencia de que el proceso dialéctico conduce al hombre a resolver tanto las dificultades de conceptuación como las de acción, que lo estorban cuando intenta resolver las contradicciones y domeñar los fenómenos de la naturaleza.

Para los griegos el sentido de la vida que no tolera acción alguna que no esté dispuesta con un fin constituía un arte, el del piloto que por su experiencia e intuición conducía la barca al puerto.

Consagrado en el mito de Teseo, quien impuso su celebración después del viaje a Creta para destruir el Minotauro, los filósofos griegos homologaban aquel arte al del estratega que conducía las tropas al campo de victoria y al del gobernante que aseguraba el progresivo desenvolvimiento de su pueblo.

Pues bien, tal sentido de la vida que era solamente un arte en las dos últimas décadas se perfila como ciencia a través del trabajo en equipo, de las calculadoras electrónicas y la teoría de la información “enmarcándose todo dentro de un impresionante aparato matemático” (1).

Sócrates enseñaba en las calles y en las plazas y no en los cenáculos de los sabios de su tiempo que eran los sofistas; y por la influencia de éstos sufrió condena a muerte, como que siempre han existido lobos con piel de oveja, sepulcros blanqueados, delincuentes abominables disfrazados de justos, jueces cuya conciencia no embarga la dignidad de la justicia sino la vileza del soborno o la torpeza de la pasión política.
¿Y qué enseñaba Sócrates? Simplemente a pensar. Pretendía que todos y cada uno de sus oyentes iniciaran el discurso íntimo, que se interrogaran a sí mismos y se comunicaran las respuestas; y así llevaba al interlocutor a descubrir por sí mismo la verdad, presente la antorcha de su voz como testigo del alumbramiento.

Para Sócrates no debía ser el maestro el forjador de las ideas del discípulo. Al maestro no correspondía crear las ideas sino comunicar las suyas e invitar al alumno a crearlas por sí mismo.
Las ideas debían brotar de cada quien; y al maestro tocaba facilitar el nacimiento. “Yo practico la misma profesión de mi madre” (que era partera) decía Sócrates, “mi tarea es ser partero de las almas de los hombres, no su creador, éste es trabajo de los dioses”.
Desgraciadamente han pasado los siglos y pocas gentes beben hoy en aquel manantial inagotable (2).

Se crearon las escuelas, surgieron las doctrinas, las universidades, las ciencias y las técnicas. Apareció el letrado que se prenda exclusivamente de las formas; luego el investigador y la investigación hizo la ciencia; se diversificaron los estudios; el hombre, para erigirse dueño de la naturaleza comenzó a sustituir la fuerza muscular por el trabajo de las máquinas y terminó confiándole a las computadoras electrónicas los procesos subalternos de la inteligencia.

La intrepidez humana no se arredra ante las grandes dimensiones, se enfrenta a lo desmesurado y con la misma sencillez e igual audacia a través del microscopio electrónico penetra en lo más íntimo tras los secretos de los átomos. Por fin, escapa del cerco de la tierra y se fuga de aventuras a desafiar la luna y las estrellas en el anchuroso firmamento.
Pues bien, después de veintitrés siglos aquella floración del pensamiento griego había de desembocar en la consagración ecuménica de la Ciencia y en el imperio definitivo de la Técnica.
Sin
embargo, en el plinto de la última quimera, en la génesis del novel descubrimiento, en la chispa genial que permite al hombre seguir conquistando el Universo, continúa irguiéndose la idea puntal engarzada en el acento de los viejos tiempos:
¡Elimina tu ignorancia, piensa con tu propia cabeza, concentra los recursos de tu espíritu, utiliza lo que sabes para generar nuevas ideas; destina la cultura que posees no a atajar el progreso, oprimir a los débiles o sorprender a los incautos, sino a liberar a los hombres, crear más ciencia y depurar nuevas técnicas! Pero fundamentalmente descúbrete a mismo, enriquece tu cerebro, enaltece tu espíritu!

El hombre que no piensa no es un hombre, decía el griego; y agreguemos que una vida sin creatividad no es vida para un ser humano auténtico.

“Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra, dijo Dios; y creó Dios al hombre a imagen suya”.

(1) Por eso “se sostiene con razón que la ciencia occidental, y su vástago la ciencia moderna derivan de la unión (en tiempos helenísticos) de la imaginación visual de la ciencia griega clásica con las habilidades de cálculo de los babilonios”.

Los Nervios del Gobierno por Karl W. Deutsch, Editorial Paidos, Buenos Aires, 2a. Edición, 1971
(2 Aquella misma era la práctica habitual en los Colegios aún en la época de Shakespeare, un siglo después de la invención de la imprenta: “Los maestros divulgaban los textos, comentaban sus variantes y discutían las figuras del lenguaje, el ingenio y la honestidad del autor frase por frase, todo lo cual incluía además la etimología de las palabras, la historia de sus diversos significados y sus connotaciones e implicaciones sociales. Cada estudiante, por lo tanto, elaboraba su propia gramática, su propio diccionario, su propio manual de retórica y observaciones generales”.

“Pero sólo los artistas de nuestra época han advertido o comprendido este desafío. Con la llegada de la imprenta, Erasmo y sus colegas humanistas percibieron exactamente lo que debía hacerse en el aula ... y lo hicieron de inmediato. Pero con la llegada de la prensa periódica nada se hizo para adecuar estas nuevas formas de percepción a un plan de estudios obsoleto”.
Contraexplosión por Marshall Mc Luhan, Editorial Paidos, Defensa 599, 3er. piso, Buenos Aires.



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Blog elaborado y/o administrado por este Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales (UCABET, 1979), residenciado en Táriba, Municipio Cárdenas del Estado Táchira, en la República Bolivariana de Venezuela. Carrera 5 Nº 5-30, Tlfs. 0424 753 4227, y 58-276-3943720. joseernestobecerra@gmail.com y en twitter @joseernestob